martes, 4 de marzo de 2008

Marzo

Cuando conoció el bosque se sintió decepcionado. Nació pequeño, en un pequeño lugar. Y creció en ese pequeño lugar, una casa de cuatro paredes y ninguna ventana. Era así porque cada pared estaba ocupada con un armario donde estaban dispuestos, para cuando hicieran falta, todos los instrumentos útiles del mundo. En esa casa vivió con su padre (¿o era un viejo vecino?), que pintaba un cuadro cada mes, y le enseñaba el difícil misterio del arte. Pero un día que el pintor no volvió de su compra semanal de provisiones se vio obligado a salir, no por buscarlo, sino por la angustia que lleva a los hombres a hacer lo que no han sabido hacer antes y a actuar sin conformidad con la costumbre y la razón. Al ver el bosque se sintió decepcionado. Pero era una decepción parecida a un animal que se muere en una parte del cuerpo. Porque los cuadros que pintaba su padre (¿o era el recuerdo de una persona imaginaria, que ahora sentía con mucha claridad?) eran la cosa más bella que jamás había visto de niño. Y ahora notaba que la mucha inventiva y el terrible esfuerzo que había en ellos se habían vuelto pequeños. Había innumerables ruidos en el bosque y ningún camino. Nunca había estado ahí, pero caminaba hacia la noche y sabía que era oscura y tenía sus propios innumerables ruidos.

3 comentarios:

Aurelio Green dijo...

Eso es todo. Crecer, crecer, crecer. Así es la vida.

Unknown dijo...

Perderse en el bosque, eso pasa a menudo, un poco como Alicia, que mordió un hongo y ya ves lo que le pasó. Es necesario.

Ana Jácome dijo...

¿No es curioso que mientras más te adentras en el bosque, disminuye la capacidad de percibir dicho bosque como un todo, y la realidad se convierte en pequeñeces: una corteza, una raíz rota, una sombra, una hoja mordida?