miércoles, 21 de noviembre de 2007

Sobre la necesidad de las aclaraciones

Dice Hugo que valora el candor sobre todas las cosas, pero no puede tolerar a quienes parecen conservan sólo la parte más ridícula de la infancia. Dice Hugo que no sabe qué pueda ser candor, pero le tiene tanta consideración que no se fija en ello. Dice Hugo que ha encontrado placeres indescriptibles en el capricho con que se conduce cierta nimiedad, que no merecezco aún saber qué es. Dice Hugo que todo le parece estúpido cuando se dice, en especial las preguntas. Nunca se llevaría bien con ciertos amigos míos.

viernes, 2 de noviembre de 2007

Ortodoxia

Hay un criterio estético en todo. Esto tal vez no está a discusión cuando se piensa en la manera de conducir el propio organismo dentro del ámbito físico en que existe: así, tomamos un vaso para tomar agua no de la manera más económica y eficiente (o no sólo) sino de la manera más armónica, así como los futbolistas tienen maneras de recibir el balón (bajarlo que le dicen), ejecutar disparos, insultar al árbitro, que atienden a un código implícito de buen gusto. Por ello, cuando sale un jugador listillo que se da cuenta de que se puede ganar efectividad sacrificando elegancia los comentaristas no tardan en señalarlo como ejemplo curioso, y tal vez admirable, de desviación: "Este jugador, que no es muy ortodoxo ni estético en sus movimientos, pero tiene un gran disparo...", o "es más bien lo que se dice un tronco, pero no se puede negar que es efectivo". Y sí, ya sabemos, existen también pájaros, choferes de camión, células eucariotas y muchachas regiomontanas. Etcétera.

jueves, 25 de octubre de 2007

Señor Martínez

Quien ha estado alguna vez en la presentación de un libro sabe que es un fenómeno misterioso. Porque es imposible no hacerse ciertas preguntas elementales que provocan desconfianza hacia uno mismo por parecer resultado de una falta de adecuación a la normalidad. Sí, esto no tiene sentido. Sobre todo: cuando uno ha asistido a varios eventos de este tipo (y a mayor cantidad, mayor certeza), está más convencido de que las preguntas son razonables, y aun urgentes. Pero el Señor Martínez, ese día, sin más, cayó en la cuenta: no sé por qué estoy aquí, se dijo, y vio que aquello siempre le pasaba. Se encontraba en aquellas veladas, como si despertara de un sueño o de alguna otra cosa, y muy pasmado se concentraba para explicar el hecho. A ver, a ver, tiene que haber un sentido en esto: estaba yo en la oficina, pensando en Talina... Y así. Y al ver que esto ocurría (y hoy tenía la certeza de que era siempre igual) dijo, con tono muy profundo, pensando en las últimas veces que conversó con Hugo: como siempre, tenías razón, porque ahora yo no creo estar en condiciones de afirmar que estoy aquí voluntariamente, y según he visto, no parece muy probable que los individuos aquí presentes tengan una mayor injerencia en su propia decisión de venir. Y como el Señor Martínez y Hugo habían hablado sobre la conveniencia de promover la destrucción de la industria editorial en vista de ciertos hechos que conocemos todos, ahora el eco de la voz de éste le hacía sonreír con satisfacción. Sí, dijo, lo bueno es que todos los libros dignos de escupirse para después quemarlos no tienen ese aspecto tan desagradable en un mundo donde las presentaciones de libros son un acto involuntario; estamos aquí reunidos para celebrar que una persona lucha por una causa que se juzgará dentro de cien años, y damos gracias al dios de los libros por darnos otro libro, que en espíritu es el mismo que se presenta en este momento, y en otros momentos, en Guanajuato, en Toronto, en Tlalnepantla, en Londres. Y sólo somos testigos, y sólo nos queda agradecer, asombrarnos, y seguir participando misteriosamente en el misterio.

lunes, 8 de octubre de 2007

Groserías

Hay maneras tan sofisticadas de la grosería que nos hacen pensar que en realidad se trata de refinamiento excesivo lo que a todas luces consiste en pura pereza espiritual. Si a un conductor le parece buena idea (y oh, Dios, no quisiera creerlo, demostración de astucia!) pasar el cinturón de seguridad por encima de su torso, y ya puesto ahí, en posición correcta, no abrocharlo, será mejor no dejarse llevar por el ingenio aparente del acto. El examen de este asunto sólo arroja una hipótesis plausible: lo ha hecho para engañar al agente de tránsito. Y si lo hace en serio, quisiera decir que me conmueve, pero en realidad sólo me molesta. Y si se trata de una broma la encuentro tan carente de humor y de intención que me veo obligado a observar que la visión burocrática del mundo no es ajena al interior de los coches.

miércoles, 12 de septiembre de 2007

st

Lo terrible de un fantasma es que no conduce a nada. Detrás de la cortina hay un mundo que se llama posibilidad, permite a los animales apéndices no conocidos, extremidades que no son brazos ni piernas. Ningún monstruo es peor que el que se esconde en la cortina. Lamentablemente tomar la cortina y apartarla es la experiencia más triste del hombre, porque el fantasma no muere por tan poca razón. Lo terrible del fantasma es que ha dejado de aparecer, y ahora en lugar de la ilusión de su llegada tenemos la conciencia de que en ciertos momentos casuales despierta nuestra conciencia que dice: está aquí. Lo que realmente pasa es que hemos aprendido que existe.

jueves, 30 de agosto de 2007

El que se llama JLB

JLB está viejo. Lo sé porque lo he visto. Ha consagrado su vida a provocar furor en las mujeres imaginables de Monterrey y alrededores con su sentido del ritmo tropical, pero no ha perdido la ocasión de recordar a quien quiera oírlo las inobjetables virtudes morales y poéticas, ambas notables (y las primeras, sobre notables nunca vistas) de un hombre como Oscar Wilde.

Que esté viejo es lamentable porque (como señaló acertadamente la Flecha, no sin la maldad con que suele decir las cosas) de la gloria de los bailes masivos ha pasado una década después a protagonizar la variedad de los lupanares que dan, además de transacciones vigorosas, el sello de identidad a nuestra ciudad querida. Pero que esté viejo es conmovedor y es hermoso porque lo ha llevado a decir que, aunque solía creer (siguiendo la opinión de su compadre Fernández) que la belleza era privilegio de pocos, ahora se contenta con admitir, no con humildad sino con paz, que es posible encontrarla tanto en las pláticas callejeras como en las páginas del escritor mediocre. Acto seguido comentó con sonrisa de viejito que, no pudiendo ser otra cosa, su lectura del I Ching es un acto de fe. Lo mismo podría decirse de la decisión que nos llevó a mí y a la Flecha a tomar unas cervezas y cigarros y citas necesarias en el centro social donde esa noche lo vimos cantar con convicción sorprendente.

lunes, 20 de agosto de 2007

Sobre las mismas cosas corrientes

Lo terrible de un fantasma no es su aparición sorpresiva. Un fantasma puede aparecer sin provocar sobresaltos. Lo terrible de un fantasma, y más aún en esos casos, es que aparece otro día. Borra la certeza primera de que ya cumplió el ciclo que le correspondía al dejarse ver y marcar los ojos de quien lo ha mirado, para abandonar poco después su afán de vivir. Aparece otro día. Otro. El fantasma no es la imagen que ingresó de algún modo en la casa y parece haber elegido los sitios que lo hacen sentir más cómodo. El fantasma es una pregunta que ha cobrado vida, del mismo modo que el tallo de una enredadera que en un principio no parecía sino la ramita más triste de un manojo de cilantro. Quiere hacerme saber que le gusta esta casa, que es suya, que no le interesa de quién se supone que sea. Prefiere la compañía de las persianas y los colores fríos, los momentos menos ruidosos pero no el silencio absoluto. Cada vez está más seguro de sí, y cree que gana autoridad en cada encuentro. Todas estas ideas innecesarias son la personalidad de alguien que hasta hace poco no era.