jueves, 13 de marzo de 2008

R.

R. sentía un dolor que no podía llamar profundo. Era amplio. Pero lo supo sólo después, mucho después, cuando por alguna razón las causas de su dolor incurrieron en un grado de cinismo tal que las hizo evidentes. No sé si R. supo entonces cuáles fueran esas causas. Lo cierto es que por primera vez notó, y esto era lo importante, que el dolor que sentía no era producido por el objeto en que solía pensar con mortificación. Esta mortificación resultó ser entonces una actitud distinta al dolor mismo, y a su reacción al dolor. El descubrimiento de que eso que llamaba dolor provenía necesariamente de otra parte lo dejó confundido, y por un momento no sintió nada, como si hubiera tenido que levantar los dos pies al mismo tiempo para verificar que ninguna de sus plantas había enlodado el piso del salón. R. pensó que las dos opciones que tenía eran: una, volver a buscar la causa de ese malestar que no localizaba en parte alguna de su cuerpo (aunque lo sentía con el cuerpo), y la otra, tener el valor de reconocer que la experiencia de ese dolor era sólo una entre las maneras de entender las cosas, lo cual lo obligaría a aprender a realizar ahora cada acción de una nueva manera, consecuente con la situación recién descubierta, en la que al levantar las plantas de los pies había realidad, y no había razón para que fuera de otro modo.

martes, 4 de marzo de 2008

Marzo

Cuando conoció el bosque se sintió decepcionado. Nació pequeño, en un pequeño lugar. Y creció en ese pequeño lugar, una casa de cuatro paredes y ninguna ventana. Era así porque cada pared estaba ocupada con un armario donde estaban dispuestos, para cuando hicieran falta, todos los instrumentos útiles del mundo. En esa casa vivió con su padre (¿o era un viejo vecino?), que pintaba un cuadro cada mes, y le enseñaba el difícil misterio del arte. Pero un día que el pintor no volvió de su compra semanal de provisiones se vio obligado a salir, no por buscarlo, sino por la angustia que lleva a los hombres a hacer lo que no han sabido hacer antes y a actuar sin conformidad con la costumbre y la razón. Al ver el bosque se sintió decepcionado. Pero era una decepción parecida a un animal que se muere en una parte del cuerpo. Porque los cuadros que pintaba su padre (¿o era el recuerdo de una persona imaginaria, que ahora sentía con mucha claridad?) eran la cosa más bella que jamás había visto de niño. Y ahora notaba que la mucha inventiva y el terrible esfuerzo que había en ellos se habían vuelto pequeños. Había innumerables ruidos en el bosque y ningún camino. Nunca había estado ahí, pero caminaba hacia la noche y sabía que era oscura y tenía sus propios innumerables ruidos.

miércoles, 21 de noviembre de 2007

Sobre la necesidad de las aclaraciones

Dice Hugo que valora el candor sobre todas las cosas, pero no puede tolerar a quienes parecen conservan sólo la parte más ridícula de la infancia. Dice Hugo que no sabe qué pueda ser candor, pero le tiene tanta consideración que no se fija en ello. Dice Hugo que ha encontrado placeres indescriptibles en el capricho con que se conduce cierta nimiedad, que no merecezco aún saber qué es. Dice Hugo que todo le parece estúpido cuando se dice, en especial las preguntas. Nunca se llevaría bien con ciertos amigos míos.

viernes, 2 de noviembre de 2007

Ortodoxia

Hay un criterio estético en todo. Esto tal vez no está a discusión cuando se piensa en la manera de conducir el propio organismo dentro del ámbito físico en que existe: así, tomamos un vaso para tomar agua no de la manera más económica y eficiente (o no sólo) sino de la manera más armónica, así como los futbolistas tienen maneras de recibir el balón (bajarlo que le dicen), ejecutar disparos, insultar al árbitro, que atienden a un código implícito de buen gusto. Por ello, cuando sale un jugador listillo que se da cuenta de que se puede ganar efectividad sacrificando elegancia los comentaristas no tardan en señalarlo como ejemplo curioso, y tal vez admirable, de desviación: "Este jugador, que no es muy ortodoxo ni estético en sus movimientos, pero tiene un gran disparo...", o "es más bien lo que se dice un tronco, pero no se puede negar que es efectivo". Y sí, ya sabemos, existen también pájaros, choferes de camión, células eucariotas y muchachas regiomontanas. Etcétera.

jueves, 25 de octubre de 2007

Señor Martínez

Quien ha estado alguna vez en la presentación de un libro sabe que es un fenómeno misterioso. Porque es imposible no hacerse ciertas preguntas elementales que provocan desconfianza hacia uno mismo por parecer resultado de una falta de adecuación a la normalidad. Sí, esto no tiene sentido. Sobre todo: cuando uno ha asistido a varios eventos de este tipo (y a mayor cantidad, mayor certeza), está más convencido de que las preguntas son razonables, y aun urgentes. Pero el Señor Martínez, ese día, sin más, cayó en la cuenta: no sé por qué estoy aquí, se dijo, y vio que aquello siempre le pasaba. Se encontraba en aquellas veladas, como si despertara de un sueño o de alguna otra cosa, y muy pasmado se concentraba para explicar el hecho. A ver, a ver, tiene que haber un sentido en esto: estaba yo en la oficina, pensando en Talina... Y así. Y al ver que esto ocurría (y hoy tenía la certeza de que era siempre igual) dijo, con tono muy profundo, pensando en las últimas veces que conversó con Hugo: como siempre, tenías razón, porque ahora yo no creo estar en condiciones de afirmar que estoy aquí voluntariamente, y según he visto, no parece muy probable que los individuos aquí presentes tengan una mayor injerencia en su propia decisión de venir. Y como el Señor Martínez y Hugo habían hablado sobre la conveniencia de promover la destrucción de la industria editorial en vista de ciertos hechos que conocemos todos, ahora el eco de la voz de éste le hacía sonreír con satisfacción. Sí, dijo, lo bueno es que todos los libros dignos de escupirse para después quemarlos no tienen ese aspecto tan desagradable en un mundo donde las presentaciones de libros son un acto involuntario; estamos aquí reunidos para celebrar que una persona lucha por una causa que se juzgará dentro de cien años, y damos gracias al dios de los libros por darnos otro libro, que en espíritu es el mismo que se presenta en este momento, y en otros momentos, en Guanajuato, en Toronto, en Tlalnepantla, en Londres. Y sólo somos testigos, y sólo nos queda agradecer, asombrarnos, y seguir participando misteriosamente en el misterio.

lunes, 8 de octubre de 2007

Groserías

Hay maneras tan sofisticadas de la grosería que nos hacen pensar que en realidad se trata de refinamiento excesivo lo que a todas luces consiste en pura pereza espiritual. Si a un conductor le parece buena idea (y oh, Dios, no quisiera creerlo, demostración de astucia!) pasar el cinturón de seguridad por encima de su torso, y ya puesto ahí, en posición correcta, no abrocharlo, será mejor no dejarse llevar por el ingenio aparente del acto. El examen de este asunto sólo arroja una hipótesis plausible: lo ha hecho para engañar al agente de tránsito. Y si lo hace en serio, quisiera decir que me conmueve, pero en realidad sólo me molesta. Y si se trata de una broma la encuentro tan carente de humor y de intención que me veo obligado a observar que la visión burocrática del mundo no es ajena al interior de los coches.

miércoles, 12 de septiembre de 2007

st

Lo terrible de un fantasma es que no conduce a nada. Detrás de la cortina hay un mundo que se llama posibilidad, permite a los animales apéndices no conocidos, extremidades que no son brazos ni piernas. Ningún monstruo es peor que el que se esconde en la cortina. Lamentablemente tomar la cortina y apartarla es la experiencia más triste del hombre, porque el fantasma no muere por tan poca razón. Lo terrible del fantasma es que ha dejado de aparecer, y ahora en lugar de la ilusión de su llegada tenemos la conciencia de que en ciertos momentos casuales despierta nuestra conciencia que dice: está aquí. Lo que realmente pasa es que hemos aprendido que existe.